Los días húmedos
traen un río de espejo,
que dilata mis pupilas.
Se espeja el cielo en la mirada.
Es larga la espera de los muros.
Bajo el asedio de las sombras
matamos a la muerte por un instante.
Sucede pues, que morir un poco
resalta el sentido de cada día
y si no fuera por este desgarro
y todo lo que me recuerda
que estoy vivo,
la vida misma sería
un desierto
que me oculta
su verdadero rostro.
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